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Don Hernán Alfonso Cordovez Yeroví
Abogado jubilado; se desempeñó en diversos cargos públicos durante las juntas militares y el gobierno de León Febres Cordero; poeta y analista político; ex líder del Movimiento Forajido.
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Relegado
Amigos y coidearios míos, cuya incondicional compañía alimenta a diario la alegría de mi espíritu. Perdóneme por hoy, si es que lo que digo acarrea indicios de gratitud, pero es que en verdad me siento mal. No puedo disimularlo. Para algunos será envidia, pero yo prefiero verlo como una justificada sensación de profunda injusticia. En fin, sucede lo siguiente: me siento relegado.
No sé cómo explicarles, pero es como si a lo largo de esta segunda temporada de Ecuador Insensato me estoy sintiendo relegado. Al principio pensé que era apenas la falta que me hace Oreldis; no obstante, me he dado cuenta de que se trata de un vacío más profundo. Lo que sucede es que yo estaba acostumbrado a ser uno de los columnistas más leídos, a recibir abundantes correos, comentarios, muestras de apoyo y solidaridad. Ahora, de repente, he caído en el olvido y el ostracismo, como un mueble viejo.
No soy un mueble. Yo entiendo que no soy un hombre pudiente, con diversas conquistas en su haber y el tradicional ímpetu juvenil del hombre moderno como ese Martínez Elizalde. Sé que mis escritos carecen del encanto cosmopolita de las producciones de ese joven pedófilo Guarderas, algo que se debe en gran parte a un incidente completamente aleatorio sucedido a mi paso por los Estados Unidos de América. Si no, sin duda que mis crónicas norteamericanas serían notoriamente superiores. Ni hace falta mencionar a esa muchacha de vida disoluta, que lleva a cabo acciones que yo no podría siquiera imaginar. Antes, cuando al menos había ese hombre amargado y contradictorio, ese periodista fracasado cuyo nombre he olvidad, contaba con la garantía de no ser el último, el peor, el menos leído. Pero ahora…
No puedo exigirles que me lean, ni obligarlos a que me prefieran. He ahí lo más lamentable. Creo que, quizás, es verdad que soy parte de un pasado que, más temprano que tarde, desaparecerá inexorablemente. Mi pensamiento ya no goza de simpatías ni yo inspiro el respeto que mis antepasados despertaban entre el populacho.
Por ello le he pedido a mi nueva mujer que me permitiese pasar estos días en una hacienda que mantiene en la provincia del Chimborazo, muy cerca de la de mis antepasados. Aquí, me he entregado a un discreto retiro, en búsqueda de la resignación y la paz. A solas, he podido sentir profundamente el dolor que me consumía. He vuelto a cultivar ligeramente la poesía y observado el paisaje andino, que tan vivamente mi vena hidalga castellana desata. Sentimentalmente adolorido, he pasado numerosas tardes observando a los indios en los sembríos. Este es uno de los pocos lugares del país donde todavía se puede contemplar al indio entregado a sus tareas naturales, en lugar de mendigando o dedicado a la vagancia en enclaves urbanos.
Confieso que me he llenado de envidia. Si hay algo bello en el indio es su entrega a la familia y la importancia que da a los lazos de sangre. Cuánta belleza hay en la escena tradicional de la familia campesina regresando del trabajo, con el indio caminando con sus dos pequeños de la mano y un tercero en brazos de la madre. Todos juntos, todos llenos de amor, acompañándose el uno al otro en las vicisitudes la vida. Ni el alcohol, ni la violencia ni la miseria podrán separar a la familia india. Juntos vivirán y morirán. Podrán quizás ser por momentos infelices, pero jamás se abandonarán el uno al otro, menos a las crías. Nótense en ese sentido la diferencia con el negro, un ser mucho más voluble y entregado a la pasión de los cuerpos, cuya sensualidad lo llevará de una dama a otra, a la violencia, posiblemente a la pereza y al robo, y quien jamás se preocupará del bienestar de sus pequeños negritos. Tener hijos regados es algo usual en el negro, pero como común en el indio.
En fin amigos, no me avergüenza decirlo: hoy, en esta triste mañana, desde una hacienda de la Sierra Central, don Hernán Cordóvez Yerovi envidia a los indios. Quisiera ese amor y esa lealtad para mí. Pero no la tengo.
Negra barbarie
Estimados coidearios míos, deben ustedes disculparme mi prolongada ausencia. Mi ardua lucha por la sobrevivencia me ha mantenido ocupadísimo estas últimas semanas. Eso no significa que no los recuerde constantemente; todo el tiempo los tengo en mi mente y varias veces al día, al presenciar las aberraciones que la sociedad pone frente a nuestros ojos, pienso “esto debo comentarlo con mis coidearios”. Lamentablemente, a mi edad se hace difícil recordar las cosas, por lo que no siempre consigo plasmar en el papel aquello que tenía en mente.
En fin, comienzo compartiendo con ustedes una noticia polémica: he contraído nuevas nupcias. Antes de que extraigan conclusiones apresuradas, déjenme poner en contexto lo sucedido. Cuando estuve detenido en Arizona, a los pocos días de que se hubiese consolidado la traición contra mí, recibí la notificación formal de divorcio, solicitado por mi mujer, bajo las causales de “abandono de hogar” e “infidelidad”. El abogado que llevaba a cabo la causa era, no me sorprendió, mi némesis Mauricio Gándara.
En una carta adjunta mi mujer me ofrecía una suerte de explicación. Ni termine de leerla antes de echarla a la basura. Mi mujer estaba mintiendo. Mis infidelidades nunca le incomodaron, menos aún iba a irritarse por las jóvenes beldades de cuya compañía disfruté en mis primeros días en los Estados Unidos, cuando aún tenía dinero; al contrario, se habría sentido orgulloso al ver en dichas conquistas las patentes evidencias de los atractivos de su marido. No fue nada de eso; fue el dinero. Esperaba que le perdonara su pasada falta de lealtad y que compartiera con ella un poco de mi riqueza. Cuando lo perdí todo, obvio, ya no me esperaba en absoluto.
Fue por ello que mi corazón herido y mi virilidad ofendida no pudieron resistirse a las insinuaciones de Eugenia viuda de Granda. Yo sé que muchos de ustedes están pensando en que soy un ser despreciable al haberme acostado con la mujer de un amigo a los pocos días de su muerte, luego de que éste me diera abrigo y alimento en un momento de desesperación. Pero no es así.
Tras la muerte de Óscar continué residiendo allí. La noche posterior al entierro me encontraba en mi cama cuando, súbitamente, irrumpió Eugenia. Llevaba un hermoso vestido y estaba maquillada para la ocasión. Es una mujer joven, yo le llevo más de veinte años, tiene solo sesenta y pocos y no es necesario que yo explique el atractivo que ejerce la juventud sobre cualquier hombre.
Fue entonces cuando me confesó su amor. Me explicó que me amaba desde cuando era una adolescente, que mi virilidad, atractivo, personalidad y blanca estampa siempre le fueron irresistibles. Nos conocimos a finales de los años cincuenta en Quito en un baile organizado por la Asociación de Chimboracenses. Nunca se atrevió a confesarme su amor y me contó como Óscar siempre la cortejaba, pese a saber que yo era el dueño de su corazón. Terminó casándose con él por las presiones que su fortuna desataba en su familia.
Me aseguró que cuando me vio caminando por la Mariana de Jesús sintió una alegría única en décadas. Convenció a Granda que detuviera el carro y me diera posada, ya que él, me contó ella, me odiaba porque sabía que Eugenia aún me amaba.
Eugenia me dijo entonces “te amo Hernán, te amo tanto que lo de Óscar no fue un infarto sino que yo…”. No consiguió terminar. En ese mismo instante irrumpió un escuadrón de tumbapuertas en la casa, gritando y empuñando sus armas. Yo lancé a Eugenia bajo la cama y, tomando mi Winchester, salí a batirme. Me llevaría un par de indios antes de caer bajo las balas de la barbarie.
Se me cayó el arma y uno de los longos ladrones me pegó, pero cuando pensé que había llegado mi hora, irrumpió, un vez más, Oreldis para salvarme. Con ágiles y naturales movimientos, como es típico en los especímenes de su raza, neutralizó a los agresores.
Lo abracé fraternamente en agradecimiento, en el mismo instante en el que los vecinos y los curiosos ingresaban a ver qué había sucedido. Ya se pueden imaginar; a los pocos segundos comenzaron los gritos de “fue el negro”, “es cubano”, “Niche ladrón”. Pese a sus alaridos, a mis súplicas y las de Eugenia, Oreldis fue injustamente linchado y quemado por la turba mestiza y su furia incontenible. “Chico, coño, gasolina, no…” fueron sus últimas palabras. Fue algo doloroso, trágico, pero son las cuestiones que suceden cuando se extrae a un ser de su hábitat y condición natural. Además, la barbarie y la violencia están en la sangre del negro y el indio. Sufrir por ello es tan absurdo como sentir pena del búfalo devorado por el león: es una cuestión natural.
Al día siguiente me casé con Eugenia por lo civil. Oreldis fue el testigo póstumo. Valga decir que, de una u otra forma, vuelvo a gozar de fortuna al estar ahora sanamente entroncado con una viuda riquísimas. Sin embargo, seré más prudente esta vez; la desconfianza y la cautela guiarán mis pasos. Comienza, lenta y sigilosamente, el retorno de Cordovez.
Nuevamente la tragedia
En fin amigos, heme aquí de vuelta. Les dedico una breve reflexión porque aún continúo absorto, conmovido por la injusticia, intentando asimilar estos violentos giros que da mi vida.
Lo primero que puedo contarles es que ya tengo, al menos, un techo bajo el cual pernoctar. Intenté colarme de regreso en el departamento que ocupaba en La Granja, ya que las leyes ecuatorianas me permitirían enquistarme allí sin pagar arriendo y la dueña no podría hacer nada. Lamentablemente, al llegar, me encontré con un joven de origen mestizo y escasa higiene. Me explicó que era el nuevo inquilino, que estudiaba en la FLACSO. Pude observar además que vive en pecado con una señorita.
Estaba considerando seriamente la opción de armarme de un cuchillo de cocina y dirigirme a la Feria Libre o a la Facultad de Filosofía de la Universidad Central, en busca de un final digno, para morir matando. A la larga, ya no me quedaba nada y es mejor la oportuna desaparición que la indignidad. Sin embargo, tal fue mi suerte que, conforme bajaba a pie por la avenida Mariana de Jesús, sufriendo agravios e irrespetos de parte de los sujetos de la calle a los que conozco de larga data, pasó, en un lujoso Mercedes conducido por su chofer, en compañía de su mujer, mi gran amigo Óscar Granda.
No tengo palabras suficientes para expresar la dicha y el agradecimiento que desató en mí el ver las expresiones de una amistad sincera y un corazón benevolente. Mi amigo y su mujer estaban absolutamente al tanto de lo que había sucedido conmigo. Automáticamente, se compadecieron de mi desgracia y, sin pensarlo dos veces, me ofrecieron techo, alimentación y cuidado.
Fueron tres días hermosos. Óscar tomó decisiones correctas en su vida, lo que le permitió tener una vida acomodada. Pasamos largas horas conversando acerca del país, de nuestras vidas y de la problemática social de nuestro entorno. Pocas veces me he sentido tan en sintonía con alguien. Incluso jugamos al tenis, el cual jamás he olvidado desde que mi adolescencia, y estaba aprendiendo a jugar golf el último día que estuve con él.
No les alargo el cuento. Mi amigo Óscar cayó muerto con un infarto masivo en la madrugada de ayer. Nuevamente y sin desearlo, me vi convertido súbitamente en el sustento emocional de una familia devastada; en este caso su mujer, la cual ha accedido a permitirme, en honor a su marido, que continúe viviendo en esa casa.
Fue tristísimo el entierro de mi amigo Óscar. No tanto por su partida, la cual a mi edad se convierte en una protagonista casi diaria de la novel que es la vida, sino por el tipo de gente que estuvo presente. Así como mi familia sucumbió a la corrupción racial, la de Óscar fue víctima de la corrupción de costumbres. Sus nietos y bisnietos son de raza blanca, pero todos, por ideología, apariencia y comportamiento, comulgan con el marxismo. Son jipis.
Me rompió el alma cuando uno de sus nietos pidió la palabra y dijo “le dedico un poema al abue… ffff…” y procedió a declamar un cursi y cansón poema escrito por un español republicano, cuando todos los que lo conocimos sabemos que Óscar era franquista. En fin, fue en ese momento cuando observé y me dí cuenta que la izquiera ha terminado corrompiendo y afeminando incluso la más bella expresión de virilidad, valor y creatividad que teníamos antes: las artes.
En mi época, las letras y la poesía eran cuestiones de gente docta, brillante. No era fácil ganarse el respeto de los entendidos y no cualquiera osaba meterse. Ahora, estos zurdos con su vanidad y su horror al trabajo, se tomaron el arte por asalto y lo han convertido en una cuestión de zurdos, drogadictos, antihigiénicos y afeminados. Valga decir que no tuve miedo de expresar estos pareceres, en honor a Óscar, en pleno entierro tras la intervención del mocoso. Afortunadamente Oreldis, mi leal negro que me acompañó para la ocasión, me protegió de las retaliaciones.
Estaban también Mauricio Gándara y mi primo Fausto Cordovez en el entierro, pero no quiero hablar de ello ahora porque la ira me hace daño a la salud. Bueno, no les robo más tiempo. Trataré de levantarme, de seguir. Estoy reconstruyendo mi vida y los tendré al tanto. No saben cuánto bien me hace compartir estos escritos con ustedes.
Volveré
Estimados amigos y coidearios. Largas noches me he consumido pensando en lo vergonzoso y doloroso que sería mi regreso a esta página. Apenas he dormido, apenas he vivido, teniendo en mente el deshonor que implicaba el volver a compartir con ustedes mis reflexiones, admitiendo a viva voz el fracaso de todos los planes que, hace poco, anuncié al mundo. No voy a negar que más de una vez contemplé la posibilidad de simplemente desaparecer, de perderme en la oscuridad del tiempo, en el anonimato que da el paulatino olvido, con tal de no afrontar lo que ahora estoy afrontando. Quizás hubiese sido mejor que simplemente no supieran más de mí.
Pero no. La cobardía, el olvido y el ocultamiento no son patrimonio de un digno portador de la hidalguía castellana. No cometeré el mismo error que cometí tantas veces en mi juventud y en mi adultez; el de bajar la cabeza ante la desgracia y encerrarme en mi infelicidad para que el mundo no conociera mi mala fortuna. Hoy pongo la cara, si no, ¿cómo podría yo osar enseñarle a Epaminondas la importancia del valor, el coraje y el látigo que pone en su sitio a la indiada? ¿sería coherente que criticara la flojera mestiza, la debilidad andina, la pereza del negro, el lloriqueo de la mujer, si es que no me levanto hoy?
Así es, mis apreciadísimos lectores. Les contaré mi desgracia. Tras llegar a Miami, donde me sometí a mi auditoría de imagen para refundar ARNE e iniciar mi carrera política, fui abordado por un reportero de Univisión, quien afirmaba haber leído mis reflexiones en Internet. Me aseguró que tenía más futuro que Jaime Beili (no sé como se escribe, pero en tanto es peruano y sodomita lo considero un enemigo y no tengo ni el mínimo interés en saber nada de él) como portavoz del anticomunismo latinoamericano. En la entrevista a la que me sometió in situ, en una avenida de extracción popular a donde había ido para observar científicamente el comportamiento de los caribeños, compartí generosamente mi versión de la historia, la composición y la situación de América Latina.
Siempre había pensado que Estados Unidos seguía siendo ese país correcto, capaz de distinguir el bien del mal, que conocí en mi juventud. Nada más lejano de la realidad. Allí me dí cuenta de que la infección tercermundista corroe de a poco a la tierra de los libres y hogar de los valientes. ¿Pueden creer que a mitad de mi entrevista comencé a recibir insultos y ofensas de boca de todos los cubanos, dominicanos, colombianos, brasileños, bolivianos y demás que pasaban cerca?
Recibía constantes amenazas y referencias a mi edad, pero ninguno osó en pasar a mayores. Todo continuó así por largos minutos hasta que, en el preciso instante en el que disertaba sobre las posibles ventajas que tendría para la economía mundial, sobre todo latinoamericana, el reducir nuevamente a la esclavitud a negros, mulatos y todos aquellos que tuvieran hasta un cuarto de sangre africana, apareció un hombre de mi edad, aplaudido por la multitud, diciendo “de viejo a viejo, ahora sí vas a ver bocón lo que es bueno”. Era una suerte de zambo, mezcla de indio con negro, y por su acento me pareció panameño.
Dejando el micrófono, acepté de buena gana el reto y traté de poner en práctica lo que había aprendido en mi juventud cuando, con mis hermanos de ARNE, practicaba lucha grecorromana en las cercanías de la Plaza Grande. En un golpe de suerte, el panameño me acertó dos ganchos al cuerpo que reactivaron mis antiguos problemas de riñones. Cuando estaba en el suelo, una mujer, para variar, nos separó. Yo, que no iba a dejar que una mujer me quitara mi gloria pero que también entendía que aquel hombre constituía una amenaza seria para mi seguridad, me acerqué sigilosamente a un pandillero salvadoreño que estaba observando la riña y le sustraje el arma que llevaba en el pantalón. Disparé un par de veces. No le acerté a nadie, pero bastó para que la policía me llevara detenido.
Afortunadamente, mi aparición en la televisión me cubrió de gloria. Arma en mano, disparando a una turba de negros y mestizos, gritando verdades raciales tras haberme defendido de quien resultó ser un boxeador profesional de los años cincuentas llamado “Dinamita” Bonilla, resulté ser un héroe de culto para diferentes movimientos conservadores del sur de Estados Unidos. Un grupo de patriotas de Arizona pagaron mi fianza y me invitaron a dar una charla en una selecta institución educativa de elite de ese estado.
Lastimosamente, fue entonces cuando empezó mi desgracia. No hablo inglés, más allá de unas pocas palabras que me enseñaron los padres en el colegio, pero me pude servir de un traductor norteamericano que también había residido, en calidad de oficial de la DEA, en Ecuador. Tras una brillante conferencia a la que posteriormente espero referirme, decidí, en agradecimiento por la invitación, llevar a mis anfitriones a comer al más renombrado restaurante de Phoenix.
Tras un inmenso banquete, al momento de pagar, mi tarjeta de crédito recién sacada del Produbanco para mi viaje no funcionó. Tras varios intentos llamé a mi hija y entonces… entonces, compañeros, fue que me notificaron que mis cuñados se habían dado modos, en mi ausencia, de quitármelo todo nuevamente. No me sorprendió en lo más mínimo que quien les ayudó a conspirar fue Mauricio Gándara. ¿Cómo pude confiar en ti, Mauricio?
Mis pares anglosajones se sintieron ofendidos. Me dejaron en claro que nosotros, los hispanos, nunca dejaríamos de ser vagos, ostentosos y mentirosos, indignos de confianza, irrespetuosos del trabajo y carentes de su sólida moral calvinista. “You ¡No workethic! ¡No trust! ¡Unreliable!”, me dijeron, sin darme tiempo de explicarles que había sido víctima de la maldad ladina. Pagaron ellos la cuenta, pero igual, ordenaron que la policía me detuviera por “conspiracy to fraud”, o algo así.
No sé si podrán ustedes entender jamás lo que sentí al ver que policías, reos y agentes de migración me trataban como a un “hispano”. Por más que les explicaba que no había una sola gota de sangre india en mis venas, hacían énfasis en mi estatura, mi forma de hablar y mi procedencia para tratarme de la misma manera que a cualquier albañil de espalda mojada. Los otros detenidos me trataban como uno de ellos. Fue indignante. Pasé meses así. Cuando aterricé ayer, esposado y deportado, de regreso en Quito. maldije a mis antepasados españoles por no haber acabado a tiempo con esa banda de piratas protestantes y borrachos.
Nadie me esperaba a mi regreso. Solo Oreldis, mi fiel Oreldis, con el Hyundai que le regalé. No tengo donde vivir este momento. Mi mujer se ha conchabado con mis cuñados longos y me ha dado la espalda, negándome la entrada a casa. Escribo esto desde un negocio de computadoras en La Florida, propiedad de un primo de Oreldis, sin saber donde dormiré hoy mientras él visita a su tercera esposa. Todos mis antepasados pasaron por esto en algún momento de sus vidas. Estaba pensando en comprar un rifle e ir mañana a conquistar Cotocollao, pero no sé si la zona es lo suficientemente productiva como para justificar tal esfuerzo.
En fin, como veréis, todo ha salido mal. Soy pobre otra vez. ARNE continúa siendo solo un sueño. La amenaza andina continúa creciendo y yo no tengo otra opción sino enviar esta humilde reflexión a Ecuador Insensato. Ojalá acepten publicarme otra vez. Ahora, esperen. Solo esperen.
Por la gloria me despido
Estimados amigos y coidearios. Nuevamente siento, con indescriptible gozo, el sutil rebote de mis dedos sobre el teclado y nuevamente veo el futuro extenderse, lleno de dicha y gloria, frente a mí de una manera que no lo hacía desde que mis lejanos dieciocho años. Así es; he vencido al encierro y he vencido a la mezquindad. Hoy, Don Hernán Alfonso Cordovez Yerovi, como Cortés cuando volvió a Tenochtitlán tras la Noche Triste, como los Pizarro al final del Sitio de Cuzco, se levanta imponente y camina hacia la posteridad mientras la indiada huye despavorida.
Permítanme calmar mi alegría y, primero, ponerlos al tanto de mi reciente epopeya. Entiendo que les podrá parecer fantasiosa; la única respuesta válida ante dicha incredulidad es la misma que me daban mis ancestros y mis maestros para explicarme las vicisitudes de la historia: las coincidencias no son sino la mano visible de Dios. Como hombre de fe, veo solo gracia divina en lo que me ha sucedido.
Tal y como les compartía en mi última reflexión, tenía un plan para evitar que el encierro acabara conmigo. Consistía en, con la ayuda de mi fiel Oreldis, escapar de la cheka en la que mi nuera comunista me tenía confinado. Luego, mi yerno, en un último gesto de buena fe, accedería a enviarnos a Oreldis y a mí a una de sus fincas de palma de los alrededores de Santo Domingo, donde yo pasaría mis últimos años en paz, lejos de la amenaza roja, y Oreldis podría redescubrir la libertad y la fornicación en esas tierras sin ley llenas de mujeres hermosas. Allí podría dedicarme a reconquistar a mi esposa con hermosas misivas, producir reflexiones diarias para ecuadorinsensato.com y escribir las obras que tengo pendientes: mis memorias, la saga de la familia Cordovéz y la historia definitiva del Ecuador en diecisiete tomos.
Pero el plan fracasó. Primero, mi convicción flaqueó cuando me notificaron que ecuadorinsensato.com llegaba a su final. Si es que hasta los últimos resquicios de dicha se me estaban cerrando, ¿no sería que mi destino de decadencia estaba ya trazado y era yo el que estaba, de manera absurda, inútil y equivocada, resistiéndome? Segundo, la precisa noche en la que Oreldis debía asaltar mi departamento, con sus artes aprendidas entre las Tropas Especiales del Ministerio de Interior de Cuba a su paso por Angola, y rescatarme, el mulato se puso a beber Trópico Seco con el guardia de la otra calle. Por subestimar la capacidad hepática de nuestro indio, terminó intoxicado, durmiendo en el piso de la caseta, mientras yo esperaba, pensando, en medio de sonrisas de odio y venganza, en la comunista de mi nuera.
Poco antes de las cinco de la mañana, no me avergüenza decirlo, sentí que mi hora había llegado, al ver que nadie vendría a por mí. Pensando en que un hombre no puede exigir aquello que no está dispuesto a arrebatar, intenté salir a la fuerza. Luché con todas mis fuerzas y toda mi energía; lastimosamente, la superioridad numérica y la juventud pudieron más. La empleadita y mi esposa, tras someterme, me encerraron, de forma abusiva y aleve, en el cuarto de huéspedes en represalia. Cansado, humillado, sometido por una mujer y una indígena, abrí la ventana y, parado en el borde, medité acerca de mis posibilidades de sobrevivir a un salto desde ese quinto piso y continuar con mi plan. Deduje que las probabilidades, alrededor del uno por ciento, eran preferibles a la indignidad de tener que soportar ese vejamen.
Me santigüé y estaba a punto de saltar cuando, en ese preciso instante, Oreldis, raudo y veloz, ingresó por la ventana, colgado de una cuerda, en franco rapel (¿o se dice rappel? No está en la edición que tengo del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española). “Perdone mi tardanza, amo”, me dijo, mientras me colocaba mi arnés, y me explicó el torbellino de vicios en el que había estado envuelto, motivo de su retraso.
Me llené súbitamente de gratitud y afecto hacia mi fiel Oreldis mientras nos deslizábamos, a toda velocidad, hasta aterrizar en el parqueadero. No obstante, me esperaba una tercera decepción: por más que Oreldis le había enviado repetidos mensajes de texto desde su celular prepago, mi yerno, violando lo que habíamos convenido, no estaba esperándonos.
Creí que había llegado la hora en la que mi mujer se daría cuenta y ardería Troya. Pero en ese momento escuché un sonido de motor a mi lado. Era Oreldis, a bordo del Hyundai Excel otrora destrozado de mi mujer. Subí y nos dimos a la fuga. Mi sirviente cubano me explicó que había sido también tanquista en Angola y que lo sabía todo con respecto a motores, que en Cuba se había dedicado a reparar vehículos en el mercado negro. Me alegré al pensar en el no muy lejano día en el que le devolvería su carro, vuelto a la vida, a mi mujer.
Cuando llegamos a casa de mi hija fue que pudimos contemplar la magnitud del desastre. Abandono ahora la narrativa minuciosa que ocasionalmente empleo para sustituirla por el frío y directo lenguaje que la situación requiere. Mi yerno murió.
Efectivamente, ha dejado este mundo. La misma noche en que, en teoría, iba a rescatarnos, alegó motivos de trabajo y se marchó a Guayaquil. De haber cumplido su palabra hacia conmigo, tal vez todo hubiese sido diferente; pero el hecho es que la muerte lo sorprendió en el Mercedes de un amigo costeño, en la carretera entre Guayaquil y Salinas, con diversas sustancias ilegales en el organismo y, como únicas acompañantes, además de su amigo que conducía, tres mujeres de la vida fácil. Los cinco fallecieron al precipitarse a un arrozal a toda velocidad y volcarse repetidas veces. Al parecer, ninguno tenía ropa.
Y he aquí la suprema ironía divina, que hace que donde todos ven tragedia yo vea apenas a Dios derramando sus bendiciones sobre mí. Al bajar del Hyundai me encontré con la puerta de la casa de mi hija abierta y con todos mis hijos y sus mujeres allí. Atemorizados ya lo suficiente por la cercana presencia de la muerte, a punto estuvieron de defecarse al verme a mí, iracundo y sediento de venganza, avanzar hacia ellos con Oreldis, en ropa de campaña y arnés puesto, a mi lado.
La flojera tarde o temprano impone su precio; ahí estaban todos mis hijos longos con sus harpías comunistas, temblando, sin saber qué hacer. Me pidieron, sometiéndose finalmente ante mi hidalguía, que fuese yo a hablar con mi hija. “Espérame”, le ordené a Oreldis, e ingresé a los aposentos.
No entraré en detalles dolorosos. Basta con decirles que no tuve empacho en decirle a mi hija que su marido había muerto por drogadicto, adúltero y aficionado a los lupanares, y que ella, con su carácter débil tendría ahora que dedicarse sola a administrar la fortuna de mi difunto yerno y, lo más importante, a la educación a esa vergüenza de nieto. Que estaba acabada. Al cabo de pocos minutos, catatónica por el dolor y atiborrada de antidepresivos como estaba, terminé de convencerla de que me cediese todos los derechos sobre la herencia, la inmensa fortuna, que había quedado, por obra de la tragedia, en sus manos. Así lo quería Dios. Si es que están pensando en todos los detalles y entresijos legales que una medida así requiere, permítanme aclararles que mi amigo Mauricio Gándara lo arregló todo, por teléfono y en menos de quince minutos, sin problema alguno.
En fin, coidearios, he vuelto a ser rico. Nuevamente tengo respeto social, invitaciones por doquier, parientes por todo lado y hasta mis nueras comunistas se me insinúan. Epaminondas ha vuelto a ser Epaminondas y me visita todas las tardes. Mi mujer ya no cocina. He realizado mi sueño de andar con bastón de lujo, dormir en una cama digna de reyes con un Winchester bajo ella y tener un chofer-guardaespaldas negro, Oreldis, quien escucha atentamente siempre a mis reflexiones. Incluso la noche de ayer, ya muy tarde, tocaron a mi puerta y pidieron hablar conmigo. Se trataba de la indiecita que había estado fungiendo como mi carcelera. Linda. “Patróncito, me alegra ver lo bien que está ustedcito ahora; que alegría, Dios le pague y bendiga”, me dijo, mirándome con infinita bondad. La reintegré a su puesto de doméstica y, aunque no lo crean, en ella veo la esperanza de, como Abraham, alcanzar, en el otoño de mi vida, un descendiente digno; digno de un Cordovéz, un mestizo fuerte, heredero a cuerpo entero de las dos grandes culturas que conforman nuestra nación.
Sin embargo, yo sé que los cielos no me han concedido esto por simple bendición, por reconocimiento a mi carácter virtuoso. Trátase, por el contrario, de una suprema orden divina: debo refundar ARNE. Así es amigos, he decidido poner mi tiempo, fortuna y experiencia para, cueste lo que cueste, extirpar de una vez por todas el cáncer rojo que carcome la nación. No sería digno de mis ancestros de no hacerlo; ellos, en estas épocas con estos recursos de los que ahora dispongo, sin duda habrían hecho lo mismo.
Por ello me embarqué a Estados Unidos, donde me encuentro ahora. Mañana me harán una profesionalísima auditoría de imagen para fines políticos. No traje a Oreldis porque el pobrecito seguramente no resistiría a la tentación de quedarse. Me dieron visa y además me compré una laptop en el dutyfree de Miami que estoy estrenando con ésta, la última, reflexión para ecuadorinsensato.com.
Quisiera que quede en claro que, aunque los de ecuadorinsensato.com quebraron antes, igual yo hubiera dejado de escribir ya con estos nuevos rumbos que toma mi vida. Además, para ser sincero, esa página ya estaba demasiado comunista para mi gusto y siempre sentí, en especial de parte de un editor en particular, que se estaban aprovechando de mi talento para, en un horroroso ejercicio de plagio, apropiarse de mis ideas, juicios, experiencias y planteamientos en un posible experimento político futuro. Adicionalmente, he sentido inclinaciones masónicas y vestigios de sangre indígena en algunitos de ellos, lo cual explica en gran parte su fracaso. Además, ¿cómo se les ocurre burlarse de Fabián Corral, de mi gran amigo Osvaldo Hurtado o de las hijas de la gente de Cumbayá? ¿Es que ellos no tienen familia? ¿Cómo se les ocurre ponerme esos columnistas como colegas? El rato que estaba embarcándome vi a unos dositos de ellos en el aeropuerto y sentí vergüenza ajena.
No les voy a mentir, en nombre de la decencia me alegra que ecuadorinsensato.com haya terminado como terminó. Sin embargo, a ustedes, mis lectores, les agradezco infinitamente por haberme sostenido con sus bondadosos comentarios cuando yo estaba en el más hondo abismo. Bueno, debo descansar. La guerra que empiezo mañana será dura, larga y agotadora. Los veré en el frente.
Ahora sí, tiemblen longos de mierda.
Bajo llave
Estimados lectores míos; como pueden ver, he cesado de emplear el calificativo de “coidearios”, ya que me han informado que a los lectores de mi humilde reflexión han comenzado a sumarse algunos apestados, portadores del odio rojo y el influjo marxista que todo lo destruye; no obstante, les dedico a ustedes, mis coidearios, mi afecto y la poca sabiduría que puedo vertir sobre ustedes a través de estas líneas; a los otros, los infectos, no les dirijo sino mi desprecio y espero en un futuro no muy lejano verlos, acongojados, subir al patíbulo. Certeza tengo de que viviré para ello.
En fin, un hombre de mi edad ya no puede darse el lujo de odiar con demasía. Es malo para la salud y nubla el pensamiento. Digo esto porque sigo condenado al retiro forzoso, a vivir bajo llave, y más de una vez, al dejarme consumir por la ira, he sentido que me desvanecía. Les confieso, avergonzado, que por momentos llegué incluso a considerar la opción de llamar a denunciar mi encierro a algunas de las instituciones gubernamentales de inclusión social y protección de ancianos. Sobra decir que no lo hice; un hombre como yo jamás aceptaría pedir ayuda a esas comunistas del gobierno, digo “esas” porque, reconozcamos, incluso entre comunistas la filantropía es cosa de mujeres, y peor aún irse en contra de lo más sagrado de lo que un ser humano dispone: la familia.
En fin, he aceptado mi reclusión con fatalismo. Pueden llamarme loco, pero veo en ello ciertos paralelismos con José Antonio Primo de Rivera: detenido por el odio rojo, aguardando la muerte. Mal que bien esta condena me ha permitido conocer nuevas dimensiones del alma humana y entender, con profunda humildad, que estaba equivocado en ciertas cosas. Debo confesar, por ejemplo, que mi más noble amigo y escudero es ahora Oreldis, el guardia cubano de La Granja al que, por pura ignorancia y desconocimiento, ofendí semanas atrás. Desde hace pocos días comenzamos a mantener pláticas informales, yo desde la ventana y él desde su caseta, algo a lo que el accedió sin el más mínimo rencor. Reconozco que un profundo respeto surgió en mí cuando me contó que había formado parte del gran esfuerzo civilizador del África, es decir, que había tomado parte en la misión cubana en Angola. Es verdad que guerreó del lado comunista, pero eso no guarda importancia en un inicio; a la larga, la batalla entre el comunismo y los valores cristianos solo se inicia una vez que un pueblo abandona la barbarie y abraza la civilización, algo que los angoleños no han logrado aún.
Adicionalmente, me dio útiles consejos sobre cómo sobrevivir a la tiranía roja, algo que él había hecho ante Fidel y yo hago ante mi nuera, y a largas temporadas en prisión, ya que pasó tres años preso en Luanda injustamente, acusado de incompetencia cuando su pelotón fue barrido por la artillería sudafricana. Vale además recalcar que mi amistad con Oreldis me levanta el ánimo; me siento como el Llanero Solitario con su indio Toro o como esos nobles ingleses que solían tener un sirviente incondicional de procedencia racial inferior, como africano, sikh, hindú o chino.
El contacto con Oreldis me abrió los ojos con respecto a los cubanos, pero más aún lo ha hecho el contacto la empleada, la cual por órdenes de mi hija ha permanecido en mi casa luego de prepararme la fanesca, con la expresa misión de notificarla de todo cuanto suceda. En un inicio la trate con todo el desprecio que merece una espía, pero luego, con tanto tiempo libre, me entregué al oficio de observarla. He vuelto a entender, perdónenme si es que sueno vulgar, el motivo por el cual me encantaban tanto las indias cuando era joven.
Recuerdo que el Ingeniero León Febres Cordero afirmó hace pocos años, oponiéndose al libre comercio, que lo único en lo que el Ecuador podía competir contra el mundo era en la belleza de sus mujeres. Recuerdo que esa frase me fascinó; por un lado demostraba que todo hombre de verdad se opone al libre comercio; es más, eso del neoliberalismo, desde Mahuad hasta los de hoy en día, es una ideología que prevalece mucho entre débiles y afeminados. Por el otro, resaltaba una virtud nacional largamente olvidada; la belleza de la mujer ecuatoriana. (Hago aquí un breve paréntesis solo para hacer una oportuna advertencia; tampoco crean que el Ing. Febres Cordero era un hombre de gran suceso entre las mujeres o que se interesaba por ellas en demasía; trabajé junto a él varios años y puedo dejar en claro que su vicio principal no eran las damas y tampoco era un gran seductor).
Volviendo al tema, creo que es imposible para todos los hombres que tenemos cierto abolengo y hemos crecido en contacto con la tradición de la construcción nacional el sentir una atracción natural, casi irresistible, por la mujer mestiza, más aún por la india. Primero, como decía un amigo francés, tienen una hermosa y acentuada “devoción por el macho” que difícilmente se hallará en Europa, Estados Unidos o Brasil. Esta empleadita ha tenido un olfato único, por ejemplo, para reconocer mi valía con una sola mirada. Tienen que ver la deferencia con la que me trata: me sonríe, es paciente, me cocina, me pregunta cómo estoy, si necesito algo, todo ello con ese bello acholamiento típico de su pueblo. Segundo, habita en ellas un contrapunto entre inocencia, ignorancia quizás, y picardía, o “saltaronitas” como diría Diego Oquendo, a quien alguna vez consideré mi amigo, que enciende el fuego corruptor de cualquier varón. Tercero, hay que reconocer la belleza natural de la india bien alimentada y su vigor único para rendir en estas tierras. ¿Es que acaso nunca se han sorprendido con la energía de las indias, que parece no agotarse ni a los noventa años? Conste que me he referido a la india, no al indio, triste cúmulo de desgracias y bulto que las indias están condenadas a cargar. Lamentablemente, pasan los años y tendemos a dejarnos llevar por las modas anglosajonas, tan opuestas a las hispánicas, y comenzamos a despreciar a nuestras mujeres y buscar rubias vulgares con modales de meretrices. En fin, yo ya soy un anciano y no tengo la energía ni la paciencia para volver a mis andanzas. Sin embargo, tal y como le explicaba a Oreldis, si es que esta indiecita sigue con las suyas yo no respondo.
Como ya habrán notado, esta ha sido una semana de mucha reflexión y poca acción. Tengo la impresión de que mi familia ha decidido, literalmente, matarme del aburrimiento. Inmensa ironía que mis tablas salvadoras en este mar de ingratitud y apatía hayan sido el mulato Oreldis y esta indiecita cuyo nombre no recuerdo. Valga decirles que tengo a punto un ambicioso plan cuya naturaleza no puedo revelarles aún; es que esta reflexión, escrita en papel, será lanzada por la ventana a Oreldis, quien deberá hacérsela llegar a mi yerno, quien a su vez se la hará llegar a los encargados de festín de comunistas llamado ecuadorinsensato.com. Como ven, hay demasiadas cosas que podrían salir mal, por lo que prefiero mantener mi plan en el más hermético secreto. Me despido, coidearios, con la firme arenga de Gabriel García Moreno “¡Lo que el oro corrompa, lo purificará el plomo!”.
Tolete y agua fría
Estimados lectores y coidearios míos, qué dicha es para mí poder nuevamente dirigirles unas humildes líneas. Mi temporal ausencia se ha debido a que sufrí otro vejamen a manos de mi nuera comunista, la cual procedió a convencer a mis hijos de que me cortaran el acceso a Internet tras el incidente que les narraré a continuación.
El Jueves Santo pasado me encontré en la penosa situación de no contar con nadie que me llevase a El Condado o a La Primavera a oír misa. Mi mujer, aún resentida por el suceso acaecido con su vehículo, me dijo que fuera a la iglesia del San Gabriel, algo que, por motivos anteriormente explicados, no estaba dispuesto a hacer. Adicionalmente, intentó someterme a la humillación de prepararme la fanesca. Ella sabe muy bien que ver a mi esposa cocinando es una afrenta que debo soportar todos los días, pero que jamás aceptaré en una festividad tan importante.
El consiguiente caos familiar que se desató culminó con la intervención de mi hija, la cual accedió a prestarme su empleada para que preparase la fanesca en mi casa a cambio de que cuidase a mi enclenque nieto en un evento nocturno cuya naturaleza no me explicó en ese momento. Ella y mi yerno se iban a la playa y su hijo se negaba a acompañarlos debido a la importancia de dicho suceso.
En fin, gocé del placer de degustar una deliciosa fanesca preparada por una adolescente empleada de legítima procedencia andina. Al probar tal manjar me alegré de que nuestras bellas tradiciones aún perdurasen.
No sospeché que estaba siendo embaucado. Solo caí en cuenta al llegar al Estadio Olímpico Atahualpa, con mi nieto enclenque, su primo bastardo (un medio hermano, mucho mayor, de Epaminondas, hijo natural de mi cuñada comunista) y dos muchachitas, una de raza blanca y la otra de baja alcurnia, todos de entre catorce y dieciséis años. Mi hija, antes de marcharse al aeropuerto para abordar su vuelo a Manta, me explicó que mi tarea era vigilar que no se drogaran y que el chofer nos conduciría de regreso a su domicilio, donde yo pernoctaría. Entonces, al ver los afiches, entendí que se trataba de un concierto de un grupo llamado Guns ‘n Roses, que aparentemente se pronuncia gansanrrouses.
Fue una experiencia infernal. Mis nietos trataban de alejarse de mí a toda costa, mientras yo los seguía, teniendo que soportar vítores de “¡Buena viejito!¡Presente!¡Viva el rrok! ¡Viva el metal!”. El espectáculo fue un vulgar monumento al vicio y mi mera presencia en él hizo que me sintiese carcomido por la podredumbre. Esos músicos, si se puede llamarlos así, me recordaron a una partida de polacos aventureros que mi padre encarceló por estafadores y que salieron de sus celdas años después mugrosos, con la ropa hecho jirones y el pelo hasta la cintura. Al menos, ni mi nieto ni sus acompañantes osaron andar fumándose sus marihuanas frente a mí a diferencia del resto de escoria ahí presente. Tuve incluso que presenciar como ese pusilánime colega mío de ecuadorinsensato.com, Guarderas-Hayek, intentaba seducir a la niña de tez blanca, afortunadamente sin éxito.
Por Dios, un gobernante responsable hubiese ordenado al instante que nuestra gloriosa Fuerza Aérea bombardease ese lugar para aprovechar que todas las ratas estaban en la misma madriguera. Orgullosamente me hubiese inmolado yo, junto con mi indigno descendiente.
Al regresar a casa constaté horrorizado que las dos muchachitas iban a dormir en la casa. Cumplí mi deber fielmente, asignándoles a todos habitaciones diferentes. No obstante, mi debilidad hizo que me quedara dormido. Fallé, pero aún estuve a tiempo de remediarlo. Cuando desperté, escuché ruidos y al acudir al cuarto del hijo de la comunista, los descubrí a los cuatro libando y a punto de entregarse a acciones y relaciones ilícitas. Mi explosión de ira fue tan feroz como justificada.
Siempre he creído que una persona de buena alcurnia entiende argumentos. Tras disolver ese motín, llevé a mi nieto enclenque, mal que bien de raza blanca, de la oreja a la sala y le expliqué sus equivocaciones. Hice especial énfasis en que su obsesión por esa niñita de procedencia andina era algo bochornoso que, a lo sumo, debía mantenerse en privado. Le recalqué que alguien como él debía actuar con inteligencia y hacer lo correcto; es decir, ser novio de la niña blanca, convertir a la morenita en su amante y no juntarse nunca más con ese longo de sangre sediciosa si es que no podía someterlo a voluntaria servidumbre. Su respuesta no hizo sino confirmarme que vivimos el final de los tiempos. Defendió con total apasionamiento al bastardo, al que insistió en llamar primo, e incluso osó compararlo con su madre. “¡Ya leí en ecuadorinsensato.com de donde vino mi mamá!”, me espetó.
Mi ánimo se sulfuró a tal punto que los argumentos no fluyeron. Presencié impávido cómo se marchaba, declarando abiertamente su odio hacia mí. Horas después, volví a mis cabales. Tomé una justa venganza, acorde a mis tiempos de arnista. Encontré una tijera de la cocina y, aprovechando que el bastardo, el causante de todo con su veneno ideológico, estaba dormido, le corté la coleta. Luego, lo desperté con un baldazo de agua que traje de la lavandería. “¡Tradición, familia y propiedad!”, dije, a manera de grito de guerra. En medio de la algarabía resultante, no pude dejar de extrañar mi lejana juventud, cuando sometíamos a similares tormentos a los masones y comunistas a los que conseguíamos dar caza.
En fin, no los canso más. En represalia, mi nuera comunista, madre de ese esperpento, consiguió aglutinar a mis hijos en mi contra. Me encuentro ahora recluido, sin acceso a Internet, en mi departamento en La Granja. Mi mujer, nuevamente, se niega a hablarme. Le estoy agradecido de antemano a mi yerno, ya que le he entregado esta reflexión escrita en un papel, de mi puño y letra, y si ustedes consiguen leer estas líneas es gracias a él. ¡Ecuador, uno, fuerte y libre! ¡Viva la Patria!
El uniforme profanado
Estimados amigos, coidearios cuya solidaridad me ayuda a mantenerme en pie de lucha con la lanza en ristre, nuevamente acudo a ustedes con un modesto escrito. Me apremia hoy compartirles un penosa experiencia que viví hace un par de días y que ilustra la innegable decadencia en la que ha caído el Ecuador.
El pasado martes me llamó mi amigo de larga data Mauricio Gándara, la verdad para ser más exactos es que me llamó su secretaria, para invitarme a una tertulia política. Entendí de inmediato que se trataba de una reunión de altísimo nivel con fines conspirativos, precisamente lo que la Patria hoy exige. Es obvio que mi gran amigo Mauricio, tras innumerables meses de codearse con políticos de segundo nivel, decidió apelar a mi experiencia, sólida reputación, profunda fe, moral indudable y consistencia ideológica en miras a , de una vez por todas, poner fin a la vorágine que consume al país.
La mañana de la reunión descubrí con pesar que se me había pasado por alto el acopio del dinero para el taxi. Llamé a mis hijos y sus cónyuges en busca de un posible modo de transporte hasta el sitio de la conspiración, pero ninguno contestó mis llamadas. Al fin y al cabo creo que fue mejor así, para no poner en riesgo su seguridad involucrándolos en una empresa tan peligrosa como ambiciosa. Sin otra opción, tuve que apelar a un mecanismo cuestionable: emplear el vehículo de mi amada esposa. Se trata de un Hyundai Excel que ella usa apenas para ir al Supermaxi de El Jardín. Consideré en ese momento que ella ni siquiera se enteraría.
Tras cinco años sin conducir por diversos factores, como falta de vehículo, prohibición médica e impedimentos que me pone mi hija, me puse al volante y salí rumbo a la gloria.
Existen profundas divergencias con respecto a las causas de lo que sucedió. El hecho es que se produjo una moderada colisión entre una furgoneta de transporte industrial y el Hyundai Excel que yo conducía. Salí ileso, al igual que los dos sujetos de raza mestiza y cultura andina que iban en el otro vehículo, aunque el daño material fue considerable. Me sentí aliviado al observar la presencia de un uniformado a pocos metros.
No pueden imaginar la profunda sorpresa que me embargó al ver cómo ambos tripulantes se conchababan con el policía, ofreciéndole dinero abiertamente. Extrañé mi juventud, cuando un incidente entre un blanco y un no blanco automáticamente se fallaba, por motivos de superioridad, a favor del blanco. Extrañé la presencia de un oficial de policía de apellido. En fin, el policía, naturalmente un mestizo de cultura andina, me miró, esperando que yo tomase parte en la subasta. Yo no tenía un peso, pero pensé que mi abolengo bastaba. “¿Sabe quién soy?”, pregunté. Esgrimí incluso diversos argumentos legales que, como abogado, domino con soltura. No sirvió de nada. Me acusaron de senilidad, de impericia, el policía se vendió, me detuvieron y, como si fuera poco, incluso llegó a hostigarme un grupo de militares, en tanto uno de lo agraviados resultó tener un hermano teniente.
Detenido en la Cordero, juré venganza repetidas veces, en esta vida o en la otra. Mi mujer acudió a mi celda y llorando me culpó del daño causado a su vehículo. Me contó que llamó a nuestros hijos, pero que ninguno contaba con recursos suficientes para socorrerme.
Fue mi yerno quien me rescató. Sin embargo, yo pensaba que sería por medio del desagravio y la imposición del sentido común. Pero no: fue a través de la coima. En lugar de que el general a cargo del lugar viniera a pedirme disculpas y me ofreciera toletear y bañar en agua fría a los mestizos como compensación, lo único que hubo fue mi cuñado poniéndome una sábana en la cabeza diciendo “hágase el loco Don Hernán, ya está todo pagado, nos vamos”.
Pude así evadir la prisión, pero mi yerno debió igualmente pagar por los daños causados a la furgoneta. Sin embargo, no pagó el arreglo del vehículo de mi mujer, lo cual nos ha puesto en la deprimente situación de mantener el vehículo averiado en el parqueadero del edificio, a la espera de tener un día los recursos para arreglarlo.
Hoy, mientras acompañaba a mi mujer en taxi al Supermaxi, pensé en lo que había salido mal. Fue un gran error de nosotros los blancos dejar de destinar hijos a la fuerza pública, ceder un espacio tan importante a los mestizos de cultura andina. No obstante, también tengo claro que mi incidente jamás hubiera sucedido de haber estado yo en un mejor carro y de haber tenido una buena chequera a la que echar mano. Algunos años atrás, todo hubiera sido diferente.
Prefiero no perturbar mi alma. Todo es cíclico y pronto llegará el momento de la reivindicación. Mi amigo Mauricio tendrá que esperar.
Aclaración para el lector sensato:
En caso de que usted no se haya dado cuenta, los datos y declaraciones de la noticia que acaba de leer son falsos. Con fines altruistas, nos apropiamos ocasionalmente de hechos y personajes reales. Ecuador Insensato es un medio satírico. Por favor, no nos use como fuente. Nuestras noticias no deben ser propagadas como cadenas de emails ni convertidas en Power Points.
Con el alma abollada
Estimados hermanos de lucha y credo, una semana más vengo frente a ustedes con mis humildes reflexiones bajo el brazo. A mi edad quizás comprendan el valor que puede llegar a tener para un anciano el contar con una valerosa pléyade de lectores que, aunque distantes quizás, son capaces de entender sus estigmatizados puntos de vista. Ahora entiendo porque mi abuelo y mi padre siempre me enseñaron a escuchar con deferencia a los mayores. “Hay que respetar las canas” me decían. No solo es por lo mucho que uno aprende sobre la vida y el ser humano de sus bocas, sino por el regocijo que trae a sus añejas almas. Hoy, orgullosamente, siento que cosecho aquello que, de niño, sembré.
Me imagino que se pueden dar cuenta de que me encuentro afligido. Un reciente incidente me ha llevado a pensar con respecto a mis últimas semanas. ¿Cómo iba a saber yo que una de mis cuñadas trabajaba en la Secretaría de los Pueblos? ¿Que una entrañable amistad la unía a la negrita Ocles y a este indio Hernández que osa emplear el nombre de Virgilio? ¿Que era de confesión evangélica y frecuentaba una iglesia llena de cubanos? ¿Que mis nietos estudian en un colegio llamado América Latina en el que todos sus amiguitos son hijos de marxistas y masones que han doblado el lomo ante el indio, el negro y la mujer?
Nada de eso sabía yo. Y ahora resulta que Epaminondas, de seis añitos, el único nieto que me admira y respeta, se ha convertido en un apestado. El nombre de Epaminondas lo elegí yo, a manera de último deseo cuando sufrí un derrame cerebral y parecía que iba a morir, en honor al brillante y valeroso general tebano. Sus padres accedieron, imaginando que mi muerte era inminente, aunque después se lo cambiaron. Ahora le dicen Matías, pero para mí sigue siendo Epaminondas. En fin, el pequeño tebano, le digo así de cariño, tiene por mí tan profunda devoción que sus padres desde hace mucho le impiden venir donde mí a forjar su carácter y recibir su formación religiosa y política. No obstante, ya sabe leer sus primeras letras y fue capaz de encontrarme en ecuadorinsensato.com. Sin perder un segundo, compartió con sus compañeritos y profesores mis reflexiones, con todo el entusiasmo que se puede esperar de una criatura inocente movida solo por las más nobles intenciones.
Sucedió algo terrible. Al enterarse, profesores y padres de familia exigieron la salida de Epaminondas. Sus amiguitos, por órdenes paternas, lo marginaron inexorablemente y le endosaron el mote cruel de “el facho chiro”, evidentemente inventado por alguno de esos marxistoides padres y profesores desalmados y abusivos. El apellido Cordovez se convirtió en fuente de burla y deshonra, y mi nieto en un paria.
Me enteré de ello este martes, cuando vinieron mi hijo y su mujer a reclamarme. Me exigían que escribiese una carta abierta, pidiendo perdón, la cual debía ser publicada en ecuadorinsensato.com y leída en el patio del colegio el lunes. También me ordenaban abandonar mi espacio en ecuadorinsenato.com. Me amenazaron con desaparecer de mi vida y nunca más permitirme ver a Epaminondas si me negaba. Pero eso no fue todo. En medio de la discusión sentí una ira incontenible al ver cómo la entrometida runa de mi nuera no mostraba el más mínimo respeto hacia mí, sin que mi hijo diera una mínima muestra de conducción viril. “Puedes hacer lo que quieras”, le dije a mi hijo, ignorando a la insolente. “Pero quiero que sepas que, desde mi tumba, maldeciré hasta la eternidad el momento en el que renegaste de tu origen para ponerte al servicio de los ponchos rojos y las faldas sediciosas. Eres una vergüenza y una deshonra para todas las generaciones de Cordóvez que te precedieron y rigieron estos páramos”, sentencié.
Fue en ese momento trágico en que mi hijo me dijo “a diferencia de vos, yo no soy ni envidioso ni resentido y trato a la gente lo suficientemente bien como para que a tu edad tenga de qué vivir”. Por respeto a mi sangre, no ahondaré en las implicaciones de esa frase y en los sentimientos que despertó en mí. Me niego a dar realce a ese hijo que hoy aborrezco.
Debo, empero, reconocer que arrastro cierta amargura en mi alma. Hubiese querido ser capaz, como mi padre, mis abuelos y todos los que los precedieron, de dejar un legado de fortuna y porvenir a mi prole. Hubiese querido que mis nietos me amasen y admirasen como yo lo hice con mis antepasados y éstos con los suyos. Hubiese querido compartir con ellos todo lo que aprendí y viví. Hubiese querido ser un personaje conocido y respetado en los cuatro cantos de este país, como lo fueron mis ancestros. Lamentablemente, no es así. Tomé decisiones incorrectas en mi vida y las circunstancias no contribuyeron a paliar sus terribles consecuencias. Por ello, asumo hoy mi desdicha, pero con la frente en alto porque, a diferencia de los rojos, los indios o las subversivas, yo no culpo al resto de mis desaciertos.
Decidí emular a aquel general español al que, durante la Guerra Civil, los sitiadores le advirtieron que de no rendir el Alcázar de Toledo fusilarían a su hijo que mantenían prisionero. “Hijo, encomienda tu alma a Dios y al momento del fusilamiento grita ‘Viva España’, para morir como un caballero”, fue lo último que le dijo el general a su hijo cuando pusieron a éste al teléfono para demostrar que estaba con vida. Así, mi gran lector y amigo el Nando me enseñó a emplear las valiosas herramientas del Facebook y el MSN Messenger para ponerme en contacto con el pequeño Epaminondas. Le expliqué, a través de los canales virtuales, que era hoy su deber resistir con hidalguía, que todos los grandes hombres atravesaron momentos similares, que más adelante cuando creciera debería adoptar el nombre de Epaminondas y defender el legado Cordovez. Debería, ante todo, defender su raza, su tradición, su familia y su religión de las amenazas del color que fuesen. Luego, me despedí para siempre. Estoy seguro de haber sembrado una semilla.
Espero me perdonen el ánimo que hoy me embarga.
Los nuevos libaneses
Reciban de mi parte un cordial saludo, amigos y coidearios que ocupan mi mente a lo largo de toda la semana. Los recuerdo constantemente con el afán de entregarles siempre una reflexión útil que les aclare aquellas verdades que la bruma de la sociedad moderna oculta a conveniencia.
A mi edad, estaba seguro de que ya había conocido todas las amenazas y plagas que carcomieron, carcomen y carcomerán al Ecuador: corrupción, abandono de la tradición, desintegración de la familia, sedición feminista, drogadicción, marxismo y sus derivaciones, sodomía y excesiva experimentación sexual, masonería, y un considerable etcétera. Pero a veces la suprema verdad de que “no hay nada nuevo bajo el sol” trastabilla. Como ahora, cuando una nueva amenaza al Ecuador ha llegado. Entremos en materia.
Todo empezó tres semanas atrás, cuando estaba forzosamente exiliado en casa de mi hija. Mi yerno llegó a altas horas de la noche. Había bebido en demasía. Alcancé a escuchar como antes de entrar al hogar, al despedirse de los colegas con los que había pasado esa noche, gritó “¡Qué bestia! ¡Qué buenas esas cubanas! Y baratito, ¿no? La próxima semana regreso de ley”.
Fue el primer incidente, pero sobrevinieron otros. Cuando acompañé una tarde a una de mis nueras a retirar a uno de mis nietos de los predios de la Concentración Deportiva de Pichincha pude notar que todos los entrenadores eran cubanos. No pasó mucho antes de que mi señora mujer llegase un día, con algunas reformas a su cabello, contenta y alegre, alabando las destrezas de su nueva peluquera cubana.
Días después supe que mi compadre Ezequiel, un hombre de talante con ochenta y siete años a cuestas y otra víctima de los banca privada de 1999 que apenas tiene para vivir, fue estafado por un grupo de cubanos. Lo envolvieron con charlas y ofertas económicos que, aunque no entiendo bien cómo sucedió, culminaron con los cubanos llevándose los pocos dólares que le quedaban a don Ezequiel bajo el colchón.
La semana anterior pasaron tres vendedores ambulantes tocando la puerta de nuestro departamento. Todos ellos cubanos. Después, me entero que una de mis nietas, de quince años de edad, anda con un novio cubano de casi treinta. Es demasiado.
Hoy salí en la mañana a dar mi paseo habitual por La Granja, el conjunto de edificios en el que les he contado en ocasiones anteriores que resido, molesto aún por estos sucesos. En ese momento, me saluda un nuevo guardia, recién contratado por la urbanización. Su acento era innegable. “¿Cómo etá mi Don? Qué beya mañaa, ¿,veá? Y uté siempe amaeciendo tan tempráo”. No pude evitarlo. Mi bien heredada gallardía y altivez castellana entraron en juego. “Escúchame, cubano”, le dije. “No me vuelvas a dirigir la palabra. No soy tu amigo. No estás en tu isla comunista: aquí, mantenemos las diferencias y distinciones entre clases y oficios”.
Pensaran que el isleño me golpeó, que empleó su ímpetu revolucionario para la fácil tarea de hospitalizar a patadas a un anciano. Pues, he ahí el punto, se equivocan: no pasó nada. El comunista bajó la cabeza, pidió perdón y siguió haciendo lo que todo cubano hace: nada. Arrastrarse frente al superior es una actitud consuetudinaria en el caso de seres humanos educados bajo ese sistema.
No soy xenófobo. Soy vagófobo, lacayófobo, charlatanófobo, degenarodófobo, escoriófobo. Defender la inmigración es absurdo, en el sentido de que no se puede defender un método olvidándose de la sustancia. Estar a favor la inmigración es como estar a favor de las transfusiones sanguíneas; a veces sirve, pero recibir a ciertos grupos es como recibir viruela, SIDA o hepatitis B.
Muchos defienden la inmigración apelando al positivo efecto que italianos, alemanes y españoles tuvieron en ciertas zonas de América Latina. O citan el caso de Estados Unidos. Lo que olvidan es que, en el caso ecuatoriano, por ejemplo, los inmigrantes han sido un lastre horrible que, cada vez que hemos amenazado con progresar, nos han enviado cincuenta años de vuelta. Los libaneses y palestinos, por ejemplo; yo era un niño cuando esos turcos, con gorro y barba, empezaron a llegar a Guayaquil. Fueron la peor plaga, con su costumbres mafiosas, su comportamiento criminal y su irrespeto por todo. Lo corrompieron todo y ahora, gracias a ello, son dueños del país. Lo mismo sucedió con los colombianos recientemente, con los chinos en ciertas zonas y, como olvidarlo, con los venezolanos y neogranadinos al inicio de la república.
Los cubanos son una de las peores influencias a las que se puede exponer el ecuatoriano. Los conozco bien, desde hace décadas, de mis estadías en Estados Unidos y mis labores gubernamentales. El cubano es un peligroso híbrido que combina la mezquindad y el resentimiento del indio, la astucia y codicia del montubio, y la lujuria, precariedad y aguante del negro. Francamente, me es difícil imaginar una raza más proclive a entregarse a los vicios capitales.
El cubano ya era así por la mala mezcla de la que nació. El comunismo y su sistema dictatorial no han hecho sino agravar la degeneración. En tanto un ser humano común nacido en una civilización corriente piensa en qué hacer, qué aprender, qué administrar, para ganarse la vida, el cubano solo piensa en a quién debe agradar y a quién debe arruinar. A la larga, de eso depende en el comunismo caribeño que alguien viva bien, viva mal o muera. Los ecuatorianos somos niños de pecho frente a esos monstruos, que se han pasado arrastrando y lamiendo botas desde 1959, vendiéndose unos a otros como ratas alborotadas.
Me opongo a los cubanos. Nuestro pueblo está ya suficientemente confundido. Exponerlo a la influencia cubana sería una soberbia que pagaríamos con una impensable propagación de vicios y prácticas aberrantes hasta hoy desconocidas. No podemos repetir el error que cometimos con los libaneses. ¡Patria o muerte! Lo digo en serio.
